Suelo pélvico: qué es y qué tiene que ver con tu placer

suelo pelvico
Sexóloga de Non Tabú
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Te resumo en unos minutos lo más importante sobre el suelo pélvico antes de empezar a leer.

Estornudas con ganas, saltas a la comba con tu sobrina o te ríes de algo tan fuerte que te doblas, y notas algo raro ahí abajo. A veces es un pequeño escape, a veces solo una sensación de peso (como si algo tirara hacia el suelo). Ese suele ser el momento exacto en que la mayoría de la gente descubre que tiene suelo pélvico. Hasta entonces ni sabías que estaba ahí.

Y conocerlo así, por un pequeño susto, tiene un problema, y es que se te queda grabado como «eso que falla y me hace perder pipí». Cuando resulta que ese grupo de músculos hace bastantes más cosas, y una de ellas tiene que ver directamente con lo que sientes en la cama. Por eso quiero contártelo entero, y no solo la parte de la incontinencia que es la que desgraciadamente sale en todas partes…

Qué es de verdad el suelo pélvico (y por qué te han contado solo la mitad)

El suelo pélvico es un grupo de músculos que se sostienen entre el pubis y el coxis, cerrando la pelvis por abajo. Imagínatelo como una especie de hamaca tensa que hace de suelo de todo lo que tienes dentro de la tripa. Hasta aquí, la definición de manual que encontrarás en cualquier sitio.

Lo que casi nadie termina de explicar es que esa hamaca tiene tres trabajos, no uno. El primero, sostener la vejiga, el útero o la próstata, el recto. Que todo se quede en su sitio y no se venga abajo con la gravedad. El segundo, controlar los esfínteres. Esto es, abrir y cerrar cuando toca, para el pis, para los gases, para lo demás. Ese es el que se lleva toda la fama.

El tercero es el que se queda siempre fuera de la conversación: participa en el placer. Cuando llega un orgasmo, esas contracciones rítmicas que notas no salen de la nada, las hace tu suelo pélvico. Un músculo con buen tono aporta más sensación durante la penetración y hace que esas contracciones se noten con más fuerza. Así que sí, esto va de continencia, pero también va de lo otro 🙂

Un suelo pélvico sano no es el que más aprieta. Es el que sabe apretar cuando hace falta y soltar cuando ya no.

No es cosa solo de mujeres que han parido

Este es el malentendido más extendido. Cuando alguien oye «suelo pélvico» piensa automáticamente en una mujer recién parida haciendo ejercicios en la consulta del fisio. Y ese perfil existe, evidentemente, el embarazo y el parto le dan un buen meneo a la zona. Pero reducirlo a eso deja fuera a media población.

El suelo pélvico lo tenemos todos (también los hombres). Y en un cuerpo con próstata cumple su papel en la erección (ayuda a mantener la sangre donde tiene que estar) y en el control de la eyaculación. Los ejercicios para trabajarlo no tienen género, aunque nos los hayan vendido como si fueran cosa de mujeres. De hecho veo mucho a hombres que ni se plantean que ese músculo también es suyo y que cuidarlo les afecta directamente a su vida íntima.

¿Sabías que?

Esas contracciones que sientes en el momento del orgasmo, las que van una detrás de otra, son tu suelo pélvico contrayéndose de forma involuntaria. Pasa igual en un cuerpo con vulva que en uno con próstata. Cuanto mejor tono tenga el músculo, más marcadas se notan.

Débil no es el único problema

Toda la información que hay ahí fuera va en la misma dirección. Si tienes un suelo pélvico débil, haz Kegels, y a fortalecer. Y para mucha gente ese es el camino correcto. Pero hay un grupo importante de personas a las que ese consejo les hace daño, y casi nunca se habla de ellas.

Es la gente con el suelo pélvico demasiado tenso. Un músculo que vive apretado y no sabe relajarse. Y eso, lejos de dar seguridad, suele doler: molestias al penetrar, ganas de orinar todo el rato sin tener infección, dolor en la zona sin una causa clara, a veces incluso molestia en la zona lumbar. A esa persona mandarla a hacer Kegels es como mandar a alguien con un tirón en el gemelo a esprintar. El músculo no necesita más gimnasio. Necesita aprender a soltar.

Lo que se cree

El suelo pélvico hay que apretarlo mucho y a menudo. Cuanto más fuerte, mejor.

Lo que pasa de verdad

Un músculo que no sabe relajarse da tantos problemas como uno flojo. En bastante gente el trabajo no es apretar más, es enseñarle a aflojar.

Cómo notar por dónde anda el tuyo

No hace falta un máster para intuir si algo va raro. Hay señales bastante claras, y van en dos direcciones distintas según el músculo esté flojo o pasado de tensión. Veámoslas…

Si tira más hacia débil, lo típico es notar escapes de orina al toser, estornudar o saltar, una sensación de peso o de bulto hacia abajo, menos sensación durante la penetración, o gases que se escapan sin avisar.

Si tira hacia tenso, la cosa se parece más a esto: dolor o molestia en la penetración, ganas frecuentes de ir al baño sin motivo, dolor difuso en la zona, o dificultad para llegar al orgasmo porque el cuerpo está agarrotado justo donde debería relajarse.

Ahora bien, amiga, esto no se diagnostica por internet, ni leyéndome a mí, ¿vale?. Sirve para ponerte en alerta, no para etiquetarte. Si algo te duele, te preocupa o te cambia el día a día, el profesional que necesitas es un fisioterapeuta de suelo pélvico. Es de las derivaciones que más hago en consulta, y no es ningún lujo: es la persona que sabe tocar la zona y decirte qué está pasando de verdad.

Cómo se entrena el suelo pélvico (y el fallo que comete casi todo el mundo)

El famoso ejercicio de Kegel consiste en contraer y soltar ese músculo, como cuando cortas el chorro del pis a medias. Fácil de decir. El problema es que la mayoría lo hace mal desde el primer día.

El error número uno que veo es que la gente aprieta lo que no es. Aprietan el glúteo, meten tripa, tensan el muslo, y creen que están trabajando el suelo pélvico cuando no lo están ni rozando. El error número dos es pensar que más es mejor y pasarse el día apretando en el coche o en la cola del súper. Eso, en un músculo que a lo mejor ya está tenso, es justo lo contrario de lo que necesita.

La clave está en localizar bien el músculo, contraerlo sin apretar nada más alrededor, y soltar del todo entre repetición y repetición. La fase de soltar importa tanto como la de apretar, aunque nadie la mencione. Si no consigues ni identificar el músculo, no te machaques, ¿vale? Eso es exactamente lo que resuelve un fisio en dos sesiones.

Consejo de sexóloga
«Deja de hacer Kegels a escondidas todo el día pensando que así avanzas más rápido. Con este músculo la calidad gana a la cantidad siempre. Diez repeticiones bien hechas, soltando bien, valen más que doscientas a lo loco mientras conduces.»
Sexóloga de non tabú

Cuando ya controlas el ejercicio y lo que buscas es fortalecer, hay una serie de accesorios que ayudan porque te dan resistencia y una referencia física de que estás usando el músculo correcto. Las bolas de Kegel son el ejemplo clásico: el peso hace que el suelo tenga que trabajar para sujetarlas, y de paso te enteras enseguida si lo estás activando o no.

Y sí, esto también va de placer

Volvemos al principio, porque es lo que casi ningún artículo sobre el tema termina de contarte. Un suelo pélvico con buen tono no solo evita escapes. También se traduce en más sensación durante la penetración y en orgasmos que se notan con más cuerpo, porque esas contracciones de las que hablábamos antes son más potentes. En un cuerpo con próstata, además, ese buen tono se nota en la erección y en el control.

Por eso hay juguetes que trabajan en las dos direcciones a la vez, entrenamiento y placer, como algunos vibradores pensados para el suelo pélvico, que combinan la parte de tonificar con la de disfrutar mientras lo haces. Ahora bien, entrenar el suelo no es una receta mágica para orgasmos garantizados. Es cuidar un músculo que participa en el placer, ni más ni menos. Y si tu caso es de suelo tenso, primero toca soltar; lo de fortalecer ya vendrá después.

La próxima vez que estornudes fuerte y notes algo ahí abajo, cambia la lectura. No es un fallo tuyo que haya que esconder, es tu cuerpo mandándote información sobre una parte de ti que llevaba toda la vida trabajando en silencio. Puedes escucharla, puedes cuidarla, y si te genera dudas o molestias, hay gente formada para ayudarte con ella. Empezar por saber que existe y para qué sirve ya es bastante más de lo que la mayoría llega a plantearse.

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